Dieciocho voces, un anuncio por megafonía, un instante. Cada una está encerrada en su única frase; ninguna habla con otra. La página las distribuye por la sala vista desde arriba, para que el ojo vague como vagaría el oído.
SALA DE ESPERA, 10:47 A. M. Mar. Si la letra B aparece sobre su número, acérquese por favor a la ventanilla cuatro. Debí haber comido algo. Tres más y me toca, a menos que vuelvan a dividir la fila. Dijo que tardaría cuarenta minutos; lleva setenta y dos. No llores aquí, aquí no. El ficus es de plástico y lo respeto por no fingir lo contrario. Mi padre traía un libro; yo traje un teléfono y me odio un poco. No deja de mirarme y no sé si es por el sombrero. Si vuelven a decir mal mi nombre, contestaré igual. Hay un olor que no ubico y no quiero ubicarlo. El niño de enfrente se porta mejor que yo. Olvidé cuál de los formularios es el amarillo. La revista es de 2019 y aun así voy a leer el horóscopo. Ensayo lo que diré cuando me llamen; se me pierde siempre la primera palabra. Tengo los pies fríos y finjo que no. Me digan lo que me digan, asentiré, y ya lo entenderé en el estacionamiento. Se quitó el abrigo, así que la espera debe de ser más larga de lo que pensé. No voy a mirar el reloj durante cinco minutos, empezando ahora. Todos estamos aquí por algo y ninguno va a preguntar. Dieciocho voces. Un instante. Nadie habla con nadie.
Deje que la mirada recorra la sala desde arriba. Lea cada voz como un pensamiento a las 10:47 de la mañana.
Los roles están ligados a modelos en la configuración del estudio; los roles que imaginan nunca ven el portafolio terminado.