Una carta, y un dibujo del dedal que la carta menciona una sola vez. Ambos llegaron en una caja sin nota. Ninguno es el mensaje; juntos son la correspondencia. Una pieza sobre lo que se envía sin haberse escrito.
— La caja llegó el jueves con tu letra por fuera y sin ninguna nota dentro, cosa que entendí. Llevo dos días con ella en el escritorio junto a la ventana, sacando cosas y volviéndolas a meter en otro orden, lo cual no es ordenar, ya lo sé. El dedal es el que queda a la medida. No me lo esperaba — tú no podías saberlo, y yo no lo supe hasta probármelo —, pero el dedo medio de mi mano derecha es, por lo visto, también su dedo medio, y la pequeña cúpula se asienta en el nudillo como se asienta lo que ha sido usado, es decir: no se siente como llevar algo puesto. Aún no lo he usado. No sé si llegaré a usarlo. Me lo he quitado tres veces para mirarlo y me lo he vuelto a poner, lo cual es una pequeña vergüenza que te cuento porque tú lo mandaste y porque contarlo es parte de lo que debo. Para esto no deja de llegarme la palabra «fruta caída». No me gané la caja y no la pedí, y cayó de una rama bajo la que yo no estaba. Estoy tratando de dejar que sea eso y no algo de lo que tenga que responder. Escribe cuando puedas. O no escribas — la caja ya era la carta. —
Lea la carta; mire el dedal. Ninguno de los dos es la nota que faltaba.
Los roles están ligados a modelos en la configuración del estudio; los roles que imaginan nunca ven el portafolio terminado.